
¿Qué sucede actualmente con las princesas?.
Las princesas son una institución en crisis, que duda cabe.
El reciente matrimonio del mayor de los príncipes de Inglaterra con una plebeya no es sino la última y más bullada de sus manifestaciones, sin embargo, y a pesar de ello, no deja de ser sorprendente la desaparición de aquella que, según la tradición británica, debía casarse con el príncipe: una mujer de alcurnia, capaz de proyectar y mantener la fantasía del reino a través del rito del matrimonio real, es decir, proyectar, a través de su vida, una cierta idea del orden.
No deja de ser inquietante la opacidad en que parece pervivir tan ilustre institución social.
La noción de princesa, es verdad, se alimentó desde los años setenta en delante de cierto glamour, sin embargo la idea principal (¡!) contenida en la trayectoria de la princesa es la esperanza (que proviene del latín esperare), puesto que, en cierta medida, las princesas esperaban, en el transcurso de sus vidas, el cumplimiento de los “altos designios” a los que la sangre y la nobleza, es decir, el orden divino y mundano, que de ella dependía, se realizaran en ellas a través del matrimonio con un príncipe. Nada más, nada menos.
La princesa fue, durante muchos años, lo que llamaríamos hoy un “objeto de deseo” masculino y femenino y su lugar simbólico en la sociedad medieval se proyectó aún en el siglo XIX. ¡Cómo no imaginar a Ana Karenina o Madame Bovari como princesas enredadas en problemas eminentemente modernos y relacionados a la naciente autonomía femenina!.
La pregunta por las princesas, me lleva a otra curiosamente semejante.
¿Qué sucede actualmente con las Asistentes Sociales?.
Las Asistentes Sociales son una institución en crisis, que duda cabe.
No me refiero a aquellas mujeres que con su esfuerzo y tesón lograron forjar la profesionalización de una disciplina que, con el correr de los años, fundó las primeras políticas sociales, convirtiéndose para la historia social de Chile en aquello que María Angélica Illanes llama, “Cuerpo y Sangre dela Política”. Tampoco me refiero a aquellas profesionales que día a día se afanan en lo social, muchas veces en condiciones precarias y de “locura administrativa” y que, con justicia han conformado una historia disciplinaria que ha circulado, otras tantas veces a “contrapelo” del poder.
Cuando hago referencia a las Asistentes Sociales como “Institución en crisis” me refiero mas bien a una cierta metamorfosis profesional que ha llevado a la intervención social, es decir a la ocupación de aquellos que hacen Trabajo Social, a transformarse en una institución des anclada de la institución Asistentes Sociales y donde hoy se juegan muchas más cosas que el prestigio o el saber de una disciplina única o con pretensiones hegemónicas.
Uno de los nudos desde los que se me antoja posible des (atar) la cuestión de la crisis ya enmarcada es la idea tras la institución, es decir, el concepto de profesión.
La palabra Profesión proviene del latín profesare, es decir, supone una cierta vocación expresada explícitamente en una voluntad del sujeto por regular su propia conducta respecto a esas normas del “arte” cualquiera sea éste. Es así como, por ejemplo, los médicos se ajustan a los cánones hipocráticos o los abogados a los juramentos.
Más allá de las disposiciones éticas dispuestas para cada disciplina, esta disposición a regular la conducta propia del ejecutante de la profesión se expresa también, por lo tanto, en la aceptación del sujeto a conocer aquello que “es necesario saber para proveer ese servicio a la sociedad” que es, finalmente (“y mal que a vos os pese”), quien concede la licencia social para ejercer las profesiones.
Sólo bajo este presupuesto una persona es capaz de entregarse, aún anestesiada, por ejemplo, a las manos de un cirujano y su equipo (que además conversan de fútbol mientras hace, cada uno, lo que debe hacer, al unísono).
Las princesas y las Asistentes Sociales (como instituciones sociales) dependían de lo que les “correspondía por derecho” más allá del tiempo en que vivían su propia historia (tal vez esto es lo que las hace familiares y las vuelve a la vez, personajes mas bien trágicos e inactuales).
Hoy, al parecer, la intervención social más que depender de la buena reputación (o la fe puesta en la formación que imparte tal o cual universidad tradicionalista y/o privadista), depende de la actualización y la aceptación social del aprendizaje que se irradia del conocimiento experto.
Actualmente la especialización en intervención social es uno de los únicos imperativos capaces de contribuir en contextos de alto rendimiento, a leer fenómenos complejos y encontrar soluciones sustentables, a la vez que a no dar por “sentado” lo que le corresponde a una institución por “ser quien es”.
Finalmente las princesas se han quedado tristemente solas y más allá del tiempo.
Salud por ellas.
Ángel Marroquín. Mg Trabajo Social